OPM: La profecía autocumplida
Fecha: 2005 01 01
Grupo: Artículos
País: Paraguay
Categoria : Comunicado
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OPM: LA PROFECÍA AUTOCUMPLIDA

Alfredo BOCCIA PAZ (Artículo publicado en la Revista de Estudios Políticos NovaPolis de Paraguay)

Introducción

El intento más serio de crear una resistencia armada en la segunda mitad del gobierno de Stroessner fue el del grupo clandestino denominado OPM, siglas de la Organización Político Militar. Aunque su existencia fue descubierta antes de que estuviera en condiciones de realizar algún operativo de envergadura, la represión que siguió a la captura de sus principales jefes fue de una enorme magnitud y se extendió durante muchos meses a distintas regiones del país afectando a colectivos sociales y políticos que no tenían relación con la OPM. En muchos aspectos el Paraguay ya no fue el mismo después de esta dolorosa escalada represiva que dejó al régimen más omnipotente que nunca y a la oposición descreída de la posibilidad de un cambio político a corto plazo.

Resulta imposible entender las motivaciones y el generoso voluntarismo de quienes arriesgaron sus vidas en esta empresa con tan pocas posibilidades de éxito sin situarse en el contexto social y político por el que pasaba el mundo a fines de la década del sesenta. Aunque históricamente aislado de lo que sucedía más allá de sus fronteras, el Paraguay también sentiría los efectos de los inéditos cambios que estaban sucediendo.

Los convulsionados sesenta

En los años finales de esa década el mundo empezaría a cambiar a un ritmo nunca antes conocido. La irrupción del movimiento hippie, la liberación sexual producida por las píldoras anticonceptivas, las protestas en Estados Unidos contra la guerra de Vietnam y la discriminación racial abrían la conciencia de una generación que había crecido impregnada por las ideas del mayo parisino de 1968, la revolución cultural de Mao y el redescubrimiento de los pobres por la Iglesia en Medellín. Norteamericanos y soviéticos se enfrentaban en una "guerra fría" cuyas fricciones amenazaban con una deflagración nuclear.

La región también vivía años de experiencias tumultuosas. En 1968 obreros, intelectuales y estudiantes conmovían al Brasil con manifestaciones de protesta contra la violencia de la represión política. Los militares de ese país estaban en el poder desde 1964 y los generales se alternaban en la presidencia manteniendo, sin embargo, una férrea censura de prensa y a centenares de dirigentes políticos exiliados o en las cárceles. Bolivia se debatía en una interminable sucesión de golpes de Estado hasta que en agosto de 1971 una cruenta revuelta lleva al poder al general Hugo Bánzer, quien impondrá una dictadura militar que desencadenaría violentas represiones contra organizaciones populares.

En Uruguay, hasta entonces orgullosa de ser considerada la "Suiza de América" crecía la guerrilla urbana de los Tupamaros. Los argentinos asistían asombrados las repercusiones del "cordobazo" y escuchaban por primera vez la palabra "Montoneros". En 1970 el candidato chileno de la Unidad Popular, el médico Salvador Allende, fue electo presidente e iniciaba la construcción del socialismo por la vía democrática. Fidel Castro, ícono de la revolución cubana triunfante en 1959, participaba como invitado de honor a la asunción de Allende.

Paraguay y la Doctrina de Seguridad Nacional

Olvidado del mundo, oprimido por su mediterraneidad, el Paraguay vivía bajo una dictadura que lo tenía todo controlado. Gobernando el país desde 1954 el general Stroessner ya había sorteado con éxito los intentos de derribarlo que habían sido propiciados por sus propios correligionarios primero y los grupos opositores después. El país vivía un auge económico que se traducía en un crecimiento económico creciente que sería potenciado por la construcción de la represa hidroeléctrica de Itaipú y el auge de la exportación de soja y algodón.

La oposición, fragmentada y débil, contribuía con los partidos participacionistas en otorgarle una conveniente fachada democrática a la dictadura. Stroessner, el campeón del anticomunismo, se legitimaba internacionalmente con su "democracia sin comunismo", acorde con los postulados de la guerra fría y la doctrina de seguridad nacional. La actividad opositora estaba asfixiada por la represión, las leyes que la justificaban y la "coloradización" de gremios empresariales, sindicales y estudiantiles. Ninguna fuerza política de oposición tenía la fuerza suficiente para poner en riesgo la hegemonía de lo que el régimen denominaba "unidad granítica" entre gobierno, Fuerzas Armadas y Partido Colorado.

Al comenzar la década del setenta todos los países de la región tenían gobiernos militares de derecha que compartían la ideología de la Doctrina de Seguridad Nacional formulada en los Estados Unidos al influjo de la "guerra fría". Ésta se basaba en la concepción de que existía un supuesto estado de "guerra total", aunque no declarada, entre el "mundo democrático" y el comunismo. Para hacer frente a esta "guerra" todas las actividades políticas, económicas y sociales de un país quedaban subordinadas a la seguridad nacional, la cual era considerada un prerrequisito funcional para la supervivencia misma de la nación. Cada Ejército latinoamericano se planteaba el problema de la seguridad nacional a partir de la hipótesis de la existencia de un "enemigo interno".

Esta visión, impuesta por los Estados Unidos, no permitía el surgimiento de gobiernos que en su percepción representaran un peligro. La anuencia norteamericana e incluso su intervención desembozada -como en el caso del derrocamento de Salvador Allende en 1973- explica el fortalecimiento de las dictaduras militares latinoamericanas de la época.

La Doctrina de Seguridad Nacional fue reformulada por los militares brasileños quienes fundaron la Escuela Superior de Guerra y la adaptaron a la realidad local, marcada por el surgimiento de grupos guerrilleros de izquierda en varios países. De hecho, en todos los países de esta parte del continente habían crecido organizaciones de izquierda que habían optado por la experiencia armada para cambiar el orden político. Los operativos y atentados del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Montoneros sacudían la Argentina. Los Tupamaros uruguayos producían golpes de efecto y secuestros en Montevideo. Una multitud de siglas marcaban el espectro de la resistencia clandestina brasileña. El MIR chileno crecía mientras se debatía entre la crítica y el apoyo al gobierno de Allende. En Bolivia eran el ELN y otros movimientos los que intentaban reagrupar a sectores juveniles y sindicales.

Nada de eso se sentía en Paraguay donde las noticias de atentados y enfrentamientos entre militares y guerrilleros parecían demasiado alejadas de nuestra realidad. Es ese contexto de asfixia política, de decepción con las posibilidades de éxito de la vía electoral y de rebelión generacional el que explica que la idea de enfrentar a la dictadura por medios violentos no le pareciera descabellada a algunos sectores de la pequeña burguesía urbana y rural. La manera en que estos sectores intentaron organizarse tenía, por lo anterior, facetas predecibles y facetas curiosas.

El germen inicial

Fue en Santiago de Chile donde empezaría a tomar cuerpo esa idea. En 1971 se encontraban estudiando allí varios universitarios paraguayos viviendo la atrayente experiencia de estar presentes en un país que iniciaba la experiencia de un gobierno socialista. A mediados de ese año toma contacto con ellos Juan Carlos Da Costa, un joven de 27 años, quien hasta hacía poco tiempo había estado preso en Paraguay y había sido expulsado del país.

Da Costa, quien había activado en movimientos estudiantiles y colaborado con revistas literarias de Asunción, perseguía tenazmente la idea de crear un núcleo revolucionario que fuera capaz de construir una alianza obrero-campesina que asumiera la concepción de la guerra revolucionaria popular y prolongada. Su vida estaba dedicada integralmente a la construcción de un movimiento revolucionario. Acababa de sobrevivir a una larga pasantía en las cárceles de la dictadura donde fue bestialmente torturado y se reintegraba con más ímpetu a su lucha.

Fue en las estadías chilenas de ese año y el siguiente donde, en sucesivas reuniones, se va perfilando el futuro proyecto. De esos primeras contactos participaron José Félix Bogado Tabacman, Víctor Hugo Ramos, Diego Abente y José Luis Simón, entre otros. Completamente descreídos de las posibilidades de la oposición tradicional, veían como único camino el de establecer en el Paraguay una estructura organizativa mínima que cree las condiciones de una organización no visible para la represión.

Estudiantes paraguayos en Corrientes

Da Costa se movía entre Santiago y la ciudad argentina de Corrientes, mientras intensificaba sus contactos con los Montoneros. Corrientes le interesaba particularmente. Cercana a Asunción, la ciudad albergaba una nutrida colonia de paraguayos y tenía una agitada vida política y universitaria. Más de mil estudiantes paraguayos poblaban las facultades de la Universidad del Nordeste, atraídos por la favorable diferencia cambiaria y evadiendo las restricciones de los exámenes de ingreso de la Universidad paraguaya. Muchos de ellos estaban agremiados en la "Agrupación Cultural Guaraní" que a través de festivales y peñas abría espacios de discusión sobre temas imposibles de hablar en territorio paraguayo. La historia nacional, el folclore, la cultura y la realidad nacional eran temas que surgían con frecuencia hacia 1973 en aquel ambiente de efervescencia. La agitada vida universitaria en aquellos años del peronismo significaba para los centenares de paraguayos una vivencia inusual.

Da Costa inició contactos con algunos de los líderes de la Agremiación ganando adeptos a la idea de volver al Paraguay y organizarse clandestinamente.

El MI y la Universidad paraguaya

Pese al control de la dictadura, en la Universidad paraguaya se estaba viviendo desde hacía unos años una etapa muy interesante. Decepcionados de los partidos opositores, que habían cometido el error político de participar de la Convención Nacional Constituyente legitimando una nueva reelección de Stroessner, los estudiantes se fortalecían en la dirigencia de los centros estudiantiles desde donde resistían la creciente "coloradización" de todos los estamentos.

Era una vanguardia bien formada intelectualmente que desde fines de la década del sesenta venía realizando una importante labor cultural y artística. Un periódico universitario llamado "Frente" agrupaba a los "movimientos independientes" de las distintas facultades. Pronto, las acciones fueron coordinadas por una mesa de dirigentes de lo que se dio en llamar el MI. Había, sin embargo, divergencias de fondo entre los referentes del MI sobre la estructuración de la organización y su definición ideológica. El MI no era un movimiento clandestino, aunque guardaba ciertas reservas de información a efectos de protegerse de los sistemas de represión del gobierno. Estas medidas no eran fruto de ninguna paranoia. Con frecuencia ocurrían apresamientos de dirigentes y secuestro de las ediciones de "Frente".

El MI no se decidió nunca a asumir la forma de partido político y quedó recluido al ámbito universitario. Las diferencias entre los dirigentes más "conservadores" y los más radicales fue exacerbada por Juan Carlos Da Costa y algunos de los estudiantes que habían sido contactados en Santiago y que para entonces -fines de1973 y comienzos de 1974- habían regresado al país.

Un documento de autocrítica redactado por miembros de la OPM en 1977 resumía el conflicto así: "la dirigencia del MI en vez de aprovechar la experiencia de las luchas estudiantiles como un eslabón para la construcción del partido Revolucionario, se instala como dirigencia pequeña burguesa de un movimiento pequeño burgués, con estructuras legales (los frentes independientes) y semi legales (la Coordinadora de bases clandestinas) planteando la formación de un frente antidictatorial. Las discrepancias con el reformismo son: a) ideológicas: la OPM asume los intereses del proletariado e inicia la construcción del partido de la clase obrera. El reformismo se instala como dirigencia revolucionaria sin partido en el seno de un movimiento pequeño burgués y, b) políticas: el reformismo plantea un frente antidictatorial, nosotros una guerra revolucionaria popular y prolongada. Por eso la dirigencia más esclarecida del MI sobrepasó las propuestas que ofrecía el reformismo y se generó la crisis".

Había sectores del MI que consideraban la propuesta de la dirigencia como excesivamente conciliadora y "reformista". La experiencia de organizaciones de países vecinos parecía atractiva. Los dirigentes más radicalizados alentaron ese antagonismo y, de a poco, el MI se fue convirtiendo en una cantera de cuadros para la futura OPM. Muchos de esos estudiantes se incorporarían a la estructura orgánica de la misma. La OPM, a partir de ese grupo inicial, creó la Agrupación Estudiantil, una organización clandestina de universitarios y secundarios, copiada de la estructura de los Montoneros.

Las Ligas Agrarias Cristianas

Con una clase obrera casi inexistente y pobremente organizada, un movimiento revolucionario vinculado a las masas populares debía legitimarse con el apoyo del mayoritario sector campesino. La organización campesina pasaba en esos años por un momento crucial de su historia. Desde hacía más de una década se desarrollaba en varios departamentos del país uno de los más importantes ensayos de organización campesina de inspiración cristiana de toda América: las llamadas Ligas Agrarias Cristianas.

Con fuerte expresión religiosa en sus inicios, las Ligas crecen como respuesta al ancestral problema de la tierra. A mediados de los sesenta el campo paraguayo iniciaba un proceso de masiva colonización con la expansión de los cultivos de soja y algodón que agudizó la situación de la pequeña y tradicional economía agraria. Nuevos flujos migratorios internos ocurrían como consecuencia de la presión sobre las tierras.

Las acciones colectivas emprendidas por las Ligas se centraban en experiencias comunitarias de tipo "minga", cursillos de formación, obras comunales y almacenes cooperativos que eliminaban los lucros de los comerciantes acopiadores. Tenían también "escuelitas comunitarias" que utilizaban los métodos de educación popular de Paulo Freire.

Los actos intimidatorios del gobierno contra la nueva organización campesina se hicieron más frecuentes en la medida que ésta iba creciendo. Uno de sus líderes históricos era Constantino Coronel. Desde 1972 un sector de su dirigencia comienza a discutir la necesidad de iniciar una lucha política cuyos perfiles eran aún vagos pero que los llevaba a organizarse de modo reservado. La Iglesia, que había apoyado inicialmente la organización campesina, siente el temor de que el control se les había ido de las manos y se desmarca gradualmente de sus líderes.

Un documento de la OPM redactado años después y obrante en los "archivos del horror" señala que "los dirigentes campesinos comienzan a visualizar la concepción de la lucha armada como una forma necesaria e inevitable para alcanzar sus objetivos y terminar con el régimen de explotación que les oprime. Las organizaciones campesinas fuertemente politizadas, alcanzan a tener un carácter semiclandestino". Algunos de estos dirigentes llegarían a hacer una estadía de instrucción militar en Argentina a través de paraguayos vinculados al ERP.

El acercamiento con una vanguardia urbana que venía preparándose para el mismo objetivo era inevitable y empezaría a ocurrir desde 1973.

Resulta revelador que la principal resistencia a integrarse a una organización clandestina era la misma entre los campesinos y la pequeña burguesía urbana: la sensación de que el aparato represivo del stronismo era inexpugnable y que una relación de fuerzas tan dispar los llevaría inevitablemente al fracaso. Esta predicción en poco tiempo se transformaría en una profecía autocumplida por los enormes errores de evaluación y la irresponsable desorganización de los sistemas de seguridad que se darían en el futuro movimiento.

La organización por dentro

En la Semana Santa de 1974 Juan Carlos Da Costa ingresa al paraguay por Encarnación donde lo esperaban Víctor Hugo Ramos y Diego Abente. Poco después alquila la primera casa de la organización. Con poquísimos recursos económicos y con la estructura del movimiento en pañales, Da Costa se convierte en el motor impulsor del mismo. Establece las bases de la futura dirigencia; releva con claridad la coyuntura del movimiento universitario y en reuniones con Constantino Coronel allana el camino para que la organización se expanda hacia el sector campesino.

Con un carisma invencible, aunque excesivamente personalista, Juan Carlos Da Costa logra establecer una precaria estructura clandestina. En noviembre de 1974 algunos combatientes de los Montoneros argentinos estuvieron en Asunción realizando un curso de instrucción política y militar.

La primera casa de la OPM -la que era llamada de "cuartel general"- estaba situada a pocos metros de la intersección de las calles Choferes del Chaco y Las Perlas. Allí vivía Da Costa y su compañera -e importante dirigente de la organización- Nidia González Talavera. A comienzos de 1975 la Conducción Nacional de la OPM estaba integrada por ellos dos y Constantino Coronel.

La actividad se multiplica con la captación de numerosos ex dirigentes de las Ligas Agrarias de la zona de Misiones. La propuesta política, aún no del todo madurada, fue resumida en un decálogo que formulaba unos confusos planteamientos básicos:

La consolidación de la organización político militar.

La alianza obrero-campesina como base social fundamental del proceso revolucionario con hegemonía de la clase obrera.

La construcción del partido proletario revolucionario.

La formación del Ejército Popular Revolucionario.

La guerra popular prolongada como estrategia general de lucha.

La formación del frente de liberación nacional.

El marxismo-leninismo como metodología de análisis de la realidad.

El nacionalismo revolucionario.

El internacionalismo proletario.

El socialismo como proyecto histórico.

Se elaboró un "Reglamento de Seguridad" que fue utilizado por todos los grupos operativos y que contenía cerca de cien puntos. De circulación restringida, este reglamento tenía los siguientes tópicos: introducción, citas, manejo de materiales, personalidad, local de reunión, seguimientos y contraseguimientos, locales de refugio y de depósito, compartimentación, anotaciones y efectos personales, pseudónimos, uso de la máquina de escribir, coberturas de casas, enfrentamientos con el aparato represivo, emergencias en las calles. Este complejo reglamento terminó en manos de la Policía con los primeros apresamientos de la OPM.

Una de las cuestiones fundamentales de seguridad era la compartimentación. Una organización celular como la OPM basaba su supervivencia en el concepto de tabicación. Si algún militante caía preso no debía conocer más que una pequeña parte de la organización (su "célula"), de modo a no poder entregar datos a los organismos de represión. La compartimentación sería, justamente, uno de los problemas más difíciles de manejar de la OPM.

La estructura militar se articulaba en "columnas" cuyos cuatro jefes principales constituían un "grupo de combate". Cada uno de ellos tenía a su cargo a tres "aspirantes a combatiente" y de estos dependían sucesivamente tres "pre-militantes" y tres "periféricos". De este modo, cuatro grupos de combate compuestos (si completos) de 40 militantes constituían una columna que así sumaba 160 militantes.

Los militantes se comunicaban a través de "citas" diarias en la vía pública que permitían, en teoría, que la organización entre en estado de alerta si se producía la ausencia de uno o varios de sus miembros. La realidad demostraría, en poco tiempo, que el sistema sería incapaz de alertar al resto de los miembros que sus principales líderes estaban siendo apresados o muertos.

Guardando las distancias, el esquema era una copia de la estructura de los "Montoneros". En esos primeros meses de 1975 la organización lograría incorporaciones importantes. Diego Abente lograba integrar a Fernando Masi y a Mario Schaerer Prono y su esposa Guillermina Kanonnikoff. A través de Schaerer Prono se sumarían luego Miguel Ángel López Perito y Daniel Campos. Paralelamente un buen número de estudiantes se sumaría a través de la secretaría de Capacitación del MI que estaba a cargo de José Félix Bogado Tabacman.

Crisis de crecimiento

Un documento interno de la OPM incautado por la Policía en 1978 señalaba que: "a partir de la incorporación de gran parte de la dirigencia del campesinado organizado, el ritmo de crecimiento fue aumentando progresivamente en proporciones geométricas…". En el interior la estructura se había desarrollado sobre todo en los departamentos de Misiones, Paraguarí, Ñeembucú, Itapúa y Alto Paraná. Una incipiente organización empezaba a vislumbrarse en el cinturón de Asunción. Años más tarde, la Policía diría que existían ocho columnas formadas. Era un intento de magnificar su éxito por haber descubierto la organización. En realidad, ninguna de las columnas estuvo nunca completa y algunas solo existían en los papeles.

La organización contaba a comienzos de 1976 con varios locales en Asunción, dos autos y algunas motos. En cuanto a las armas, tampoco eran muchas: unas treinta pistolas y revólveres, una metralleta PAM-1 y una decena de rifles y fusiles. En los "archivos del horror" se encuentra un documento policial titulado "Lista de armas remitidas a la Jefatura de Investigaciones", fechado en San Juan Bautista en junio de 1976. Las rescatadas del poder de campesinos sospechosos de pertenecer a la OPM durante dos meses de allanamientos y redadas eran: un fusil, un rifle, una pistola, quince revólveres y tres puñales.

La disciplina en el estilo de vida de los militantes provenientes de la pequeña burguesía era encarada como una cuestión fundamental en la formación revolucionaria. El proceso de "proletarización" incluía la socialización de los bienes y el "sueldo proletario" que consistía en la integración completa de los ingresos provenientes del trabajo de cada militante, a los cuales se les restituía la parte asignada a sus gastos familiares o personales de acuerdo al promedio del presupuesto obrero calculado por la organización.

El entrenamiento militar tenía altibajos significativos. Se limitaba al conocimiento general mínimo impartido en cursos de tres a cinco días, a la "recuperación" de documentos u objetos para la organización. Fue en uno de esos ensayos que se apropiaron del mimeógrafo del Colegio Cristo Rey.

El único operativo violento llevado a cabo por la OPM ocurrió en julio de 1974 cuando planearon el asalto al sacerdote Dionisio Echagüe, girador del Seminario Metropolitano al llegar éste a la institución con un maletín que contenía el dinero de los sueldos de los funcionarios. El operativo -del que participaron Diego Abente, Nidia González y Víctor Hugo Ramos- fue un fracaso, pues aunque el cura fue herido con un tiro en la nalga, logró salvar su maletín y frustrar las intenciones de los atacantes. En el momento de ser descubierta la OPM no tenía previstas otras acciones de este tipo a corto plazo.

La OPM tenía una revista de circulación interna -"Tatapirirí"- que apareció por primera vez en mayo de 1975. La redactaban en mimeógrafo Basílica Espínola, Sindulfo Coronel y Miguel Ángel López Perito. De 150 a 200 ejemplares eran distribuidos de modo reservado entre los miembros de la organización. Se llegaron a imprimir diez números de "Tatapirirí", con 12 a 16 páginas con periodicidad mensual. Poco tiempo después, el hallazgo de uno de estos ejemplares en los allanamientos realizados por la Policía en los ranchos de campesinos sospechosos se constituirían en prueba fehaciente de su pertenencia a la organización.

Puede calcularse en unos cuatrocientos el número de militantes que llegó a tener la OPM en los primeros meses de 1976. La inmensa mayoría de éstos carecía de una base teórico-política y organizativa y solo unos pocos cuadros participaban del ámbito de decisión. El crecimiento se hizo a expensas del campo que llegó a constituir el 75% de la militancia total de la organización. La militancia urbana, por su origen y situación de clase, estaba constituida por la pequeña burguesía -estudiantes, profesionales y trabajadores con alguna calificación-. La clase obrera tenía una presencia insignificante.

En los primeros meses de 1976 la OPM sufría una "crisis de crecimiento" que nunca podría resolver. Las medidas de seguridad estaba rebasadas por la cantidad de nuevos integrados y, en muchos aspectos la clandestinidad se volvía insostenible. Los conflictos entre los principales jefes habían llegado a extremos de desgaste y descomposición.

La necesidad de cuadros que pudieran dar respuesta a este crecimiento superior a la capacidad dirigencial fue el motivo que precipitó la decisión de que el grupo de estudiantes de Corrientes ingresara al país antes de lo previsto. La propuesta fue de Juan Carlos Da Costa y, aunque fue considerada riesgosa, fue aprobada por el resto de la conducción. En enero de 1976 José Félix Bogado y Basílica Espínola viajan a Corrientes y contactan con Carlos Brañas y Jorge Zavala. También son convencidos de volver los estudiantes Carlos Fontclara, Carlos Casco y Luis Ricardo Schmalko. Así, entre el desorden y la improvisación, el llamado "grupo de Corrientes" se sumaba a la lucha en el Paraguay.

Caída en Encarnación

En la mañana del 3 de abril de 1976 el estudiante paraguayo de Medicina en Corrientes Carlos Brañas cruzaba en lancha el río Paraná entre Posadas (Argentina) y Encarnación (Paraguay). Tenía, a pesar de su juventud, una respetable experiencia política en la comunidad estudiantil paraguaya y en organizaciones juveniles peronistas. Lo acompañaban su esposa y otras dos mujeres de la organización. En una revisión rutinaria, policías apostados en la Aduana encontraron papeles de la OPM, agendas y varios documentos de identidad argentinos. La caída de Carlos Brañas tomó de sorpresa tanto a la Policía como a la OPM. Pero mientras aquella se percató enseguida que tenía algo importante entre manos, ésta, sin medidas mínimas de seguridad, tardaría días preciosos en percatarse de lo que estaba ocurriendo.

En la tarde de ese mismo día Carlos Brañas fue llevado al Departamento de Investigaciones de la Policía de la Capital en Asunción donde, al llegar, fue golpeado e interrogado. Esa noche la Policía obtuvo los primeros datos que la llevaron a allanar una vivienda en Valle Apuá, Lambaré. Luego de un nutrido intercambio de balazos es muerto el dirigente de la OPM Martín Rolón. Su cadáver nunca fue entregado a sus familiares.

Al mediodía del día siguiente -domingo 4 de abril de 1976- otros dos estudiantes de Corrientes llegaban al puerto de Asunción en el barco "Carlos Antonio López" desconociendo la caída de Brañas en Encarnación. Eran Carlos Casco y Ricardo Schmalko, quienes fueron apresados inmediatamente. Un mimeógrafo y varios documentos los acompañaban en el viaje fluvial. A la tarde de ese día la Policía invadió la casa de Carlos Fontclara en Los Laureles y también lo apresó.

El dominó represivo

Esa noche del 4 de abril una brigada policial asaltó la casa de Mario Schaerer Prono en el barrio Herrera, a una cuadra del Hospital Universitario y muy cerca del Colegio San Cristóbal. Poco antes se había realizado allí una reunión de los principales dirigentes de la OPM que, increíblemente aún no estaban enterados de la sucesión de caídas de cuadros de la organización. El comando policial irrumpió a las dos de la mañana y en el intercambio de disparos fue herido de muerte Juan Carlos Da Costa. Mario Schaerer Prono y su esposa Guillermina Kanonnikoff lograron escapar por el patio de fondo y bajo una lluvia de balas buscaron refugio en la casa de las monjas del Colegio San Cristóbal. Mario fue herido superficialmente en el dorso del pie. En la balacera también recibió un balazo en el abdomen el comisario Alberto Cantero.

Diego Abente, su esposa Stella Rojas y Miguel López Perito, que se encontraban en otra casa del OPM, recibieron un confuso llamado telefónico que los advertía de que había problemas en la casa de barrio Herrera. Tomaron entonces una decisión terriblemente equivocada: ir a verificar "in situ" lo que sucedía. Con el archivo casi completo de OPM la furgoneta en la que iban fue rodeada por la Policía y todos conducidos al Departamento de Investigaciones. Esa misma madrugada en otro allanamiento realizado en San Lorenzo fue gravemente herido Constantino Coronel.

Otro error de apreciación lo cometió al amanecer el sacerdote Raimundo Roy del Colegio San Cristóbal. Decidió entregar a la Policía a la pareja que se había refugiado en su parroquia basado en la promesa de la Policía de que no serían torturados. Sin embargo, una vez en Investigaciones Mario Schaerer sería torturado hasta morir.

En la mañana del lunes 5 de abril la OPM vivía una insólita situación. Los primeros caídos de la organización eran nada menos que sus principales jefes, aquellos en conocimiento del mayor caudal de información reservada de la organización. De sus tres jefes principales, uno había muerto (Juan Carlos Da Costa), otro estaba herido y preso (Constantino Coronel) y la tercera (Nidia González Talavera) era intensamente buscada. Buena parte de la dirección ampliada estaba presa o ya había sido identificada. Y como si todo este descalabro fuera poco, la Policía tenía en sus manos una enorme cantidad de documentos que permitía conocer la estructura de las columnas, los nombres de sus integrantes y hasta las fichas con las características personales de algunos de ellos. A la Policía no le restaba más que "unir con flechas" o "llenar los espacios vacíos" en los papeles que tenía en sus manos.

Cuarenta y ocho horas antes los jefes policiales desconocían la existencia de la organización, ahora lo sabían casi todo. Eso explica la masiva cantidad de apresamientos que ocurrirían en los siguientes días. La organización quedó en estado de parálisis y algunos de los núcleos urbanos salieron apresuradamente del país.

Pascua dolorosa

Vino luego la Semana Santa y la frenética redada de capturas policiales empezó a disminuir. Pero los cabos sueltos obtenidos en los interrogatorios poco a poco fueron develando algo hasta entonces subestimado por la Policía. La organización clandestina tenía conexiones impensadas con los líderes agrarios. La llamada "Pascua dolorosa" comenzó en San Juan Bautista de las Misiones hasta donde fue enviado con amplios poderes el comisario Camilo Almada Morel, alias Sapriza. Allí, en la cárcel de Abraham Cue, fueron llevados centenares de campesinos que habitaban compañías y pueblos vecinos. Nueve campesinos fueron ejecutados y muchísimos traídos en camiones a Asunción.


Muertos en la represión a la OPM

Martín Rolón (Valle Apuá, Lambaré)
Juan Carlos Da Costa (Barrio Herrera, Asunción)
Mario Schaerer Prono (Departamento de Investigaciones)
Mario Arzamendia (Departamento de Investigaciones)
Silvano Flores (Santa Rosa, Misiones)
Dionisio Rodas (Santa Rosa, Misiones)
Diego Rodas (Santa Rosa, Misiones)
Alejandro Falcón (Ñacutí, Misiones)
Ramón Pintos (Cárcel de Abraham Cue, San Juan Bautista)
Elipto López (Cárcel de Abraham Cue, San Juan Bautista)
Policarpo López (Cárcel de Abraham Cue, San Juan Bautista)
Francisco López (Cárcel de Abraham Cue, San Juan Bautista)
Adolfo López (Cárcel de Abraham Cue, San Juan Bautista)
Juan de Dios Salinas (Compañía Simbrón, Paraguari)
Albino Vera (Delegación de Gobierno de Paraguari)
Sixto Melgarejo (Departamento de Investigaciones)
Arturo Bernal (Departamento de Investigaciones)
Jorge Zavala, (Barrio Capitalizador, Asunción)


Para entonces los presos en la capital eran tantos que apenas cabían en el Departamento de Investigaciones y las comisarías de Asunción. En setiembre de 1976 casi todos ellos fueron trasladados a la prisión de Emboscada, a unos 20 kilómetros de Asunción, reabierta después de muchos años.

Olas represivas

La represión no afectó únicamente a la OPM. La Policía aprovechó el episodio para golpear a personas e instituciones que no estaban vinculadas a la organización pero que eran considerados hostiles por el régimen. Entre mil y mil quinientas personas pasaron por las dependencias policiales debido a este caso. La mayor parte de ellas fueron liberadas en los días, semanas o meses siguientes. Casi todas sufrieron torturas. Fue sin duda el episodio represivo más importante del stronismo desde los intentos guerrilleros de 1959 y 1960.

En esa época, el gobierno de Stroessner ya era parte integrante del pacto secreto de coordinación represiva entre los países de la región, conocido como "Operativo Cóndor". Por lo menos dos de los integrantes de la OPM que se habían refugiado en la Argentina -Daniel Campos y Domingo Rolón- fueron apresados en aquel país y entregados a los organismos represores paraguayos.

En Emboscada el reencuentro luego de las torturas juntó a los militantes de la OPM con los presos de numerosos otros casos y tendencias políticas. Las amargas recriminaciones por el comportamiento débil y las delaciones ocurridas durante el suplicio del Departamento de Investigaciones continuaron durante mucho tiempo. Algunos de ellos, efectivamente, no solo se "quebraron" durante los interrogatorios sino que siguieron colaborando con la Policía hasta mucho tiempo después.

La mayor parte de los detenidos fue saliendo en libertad a lo largo de 1978. Otros fueron incluidos en un proceso judicial tan lento como surrealista. El exilio posterior fue el destino de la mayoría. Para los campesinos lo que vendría después sería catastrófico. Con sus comunidades y familias destrozadas, fueron obligados a dolorosas migraciones internas en las que la miseria y el infortunio siguieron siendo sus compañeros inseparables.

Habría aún un intento de reconstruir la OPM desde Buenos Aires en 1978, donde se había refugiado un grupo de dirigentes que escapó a la represión. Su regreso al país fue sin embargo prontamente descubierto. Fueron apresados Eduardo Bogado Tabacman y ultimado Jorge Zavala. Éste fue el último muerto de la Organización Político Militar. Era el número 18. Para entonces la Policía ya había infiltrado los grupos restantes y estaba informada de sus movimientos.

Era el fin de la OPM. Pero fue también el fin de una década que bien podía haber terminado en aquel fatídico 1976. Las organizaciones universitarias, campesinas y gremiales quedarían tan golpeadas por la represión que tardarían varios años en recobrar su capacidad de resistencia. Recién bien entrada la década del ochenta el stronismo volvería a tener que enfrentar a protestas medianamente organizadas.

Observación: Este trabajo está basado en el libro
"La década inconclusa. Historia real de la OPM" del mismo autor,
publicado por Editorial El Lector, Asunción, 1997.



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Entrevistas personales del autor:

ABENTE, Diego
AGUILERA DE CASCO, Teresa
ALVITOS DE ZAVALA, María Evangelina
ARESTIVO, Carlos
BOGADO GONDRA, Juan Félix
BOGADO TABACMAN, Eduardo
BOGADO TABACMAN, José Félix
BRAÑAS GADEA, Carlos
CERDAN DE RODRIGUEZ, Esther
CABALLERO LEGAL, María de Jesús
CAMPOS, Daniel
CASCO; Carlos
DUARTE, Regina
ECHAGÜE, Dionisio
ESPINOLA, Basílica
FARIÑA, Gladis
FONTCLARA, Carlos
GILL OJEDA, José
KANONNIKOFF, Guillermina
KURZ, Fernando
LOPEZ PERITO, Miguel Ángel
MASI, Fernando
MONTE DOMEC, Raúl
ORTIZ PERSICHINO, Carlos
ORTIZ, Crispín
PAREDES, Roberto
ROLON, Santiago
SIMON, José Luis

Otras fuentes:

Colecciones del diario"ABC Color" y del diario "Patria" del año 1976.

Colección de la revista universitaria "Frente".

Apuntes y documentos inéditos de Julio César Barreto.

Documentos policiales, fichas y declaraciones indagatorias sobre la OPM y movimientos estudiantiles obrantes en el "Archivo del Horror" del Centro de Documentación y Archivo, Palacio de Justicia.

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